Zapateando; El retorno de la represión 11 octubre 2013

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La madrugada del 15 de septiembre, Juan Alberto Arellano, alias Maglok, nunca se imaginó estar trepado en una patrulla, aturdido por el miedo, descargas eléctricas y golpeado por policías de Veracruz tras el desalojo violento de maestros y activistas de la Plaza Lerdo, el día que marcó el regreso de los días oscuros.

La madrugada del 15 de septiembre, Juan Alberto Arellano, alias Maglok, nunca se imaginó estar trepado en una patrulla, aturdido por el miedo, descargas eléctricas y golpeado por policías de Veracruz tras el desalojo violento de maestros y activistas de la Plaza Lerdo, el día que marcó el regreso de los días oscuros.

JORGE MORALES

La fría y lluviosa madrugada del 15 de septiembre, día del Grito de Independencia, Juan Alberto Arellano Mariano, mejor conocido como Maglock nunca imaginó estar trepado en una patrulla, aturdido por el miedo, las descargas eléctricas y los golpes propinados por policías de Veracruz tras un desalojo violento de maestros y activistas de la Plaza Lerdo.

En su mente aún se agolpaban sonidos e imágenes de los insultos, agresiones y la excitación de los elementos policíacos mientras golpeaban a diestra y siniestra. Patadas, puñetazos, macanazos y descargas lo mismo a mentores inconformes que a jóvenes estudiantes de la Universidad Veracruzana. Una maestra era arrastrada por policías y “cacheteada”.

En el cuartel policíaco de San José, donde fue remitido inicialmente, oyó los gemidos de un hombre que era aparentemente torturado al interior de un vehículo blindado.

Pero ninguna de esas experiencias quizá fue tan brutal como la que le tocó sufrir en carne propia, la simulación de una ejecución y la amenaza de ser violado por los policías.

Horas después de su detención sabría que su viacrucis apenas comenzaba. Fue puesto a disposición del Ministerio Público Federal acusado de posesión de “narcóticos” y dos armas cortas, imputaciones que al paso de las horas y tras las protestas sociales, misteriosamente se desvanecieron.

POESÍA Y ACTIVISMO

Maglock de 20 años, estudiante de sociología de la Universidad Veracruzana, se considera más un poeta y fotógrafo que un activista social.

“Ofrezco la pluma, la lente y mi fuerza de voluntad con las causas justas y soy sensible ante las injusticias. Me interesa cuidar el ambiente y ser solidario con las personas cuando más te necesitan”, dice, emocionado, este fotógrafo del portal www.zapateando.wordpreess.com.

Moreno, fornido, casi 1.80 metros de estatura, no es raro verlo en protestas y marchas contra la depredación del predio La Joyita, la instalación de presas hidroeléctricas, abogando por la democracia o la exigencia de justicia ante crímenes de luchadores sociales o periodistas como Regina Martínez.

Pero ni todo esto lo distrae de su afición favorita, la poesía.

Le pido una de sus obras y me envía un poema “México Combustionando”, , fruto del taller Adictos a la Poesía, en unas de cuyas estrofas versa:

“Y las armas ya son palabras
Y los versos ya son metralla
Y las almas que están cansadas
Pronto vienen con brazos a liberarlas”
“Traes las luces lejanas
de los héroes Villa y Zapata,
de los justos asesinados
de los libres encarcelados”.
“Traes un dejo de revolución
de esa honesta y libertaria
Traes un puño contra el paria
y traes el poder de la inspiración”
Firma al calce del largo verso:
“VIVA MÉXICO, DILE NO A LA CORRUPCIÓN, VIVA MÉXICO UNIDO
SIN PARTIDOS SIN DIVISIÓN”.

Esa vocación idealista lo llevó a marchar con el movimiento magisterial contra la reforma educativa y el fatídico 14 de septiembre a sumarse al plantón que maestros realizaron para boicotear el Grito de Independencia del gobernador Javier Duarte de Ochoa.

Algo salió mal ese frío y lluvioso día. La madrugada del 15 de septiembre, acudió en apoyo avisado por las redes sociales de que el lugar “estaba sitiado por granaderos”.

Poco antes de la medianoche del 14 de septiembre, rememora, llegó vestido con un pantalón negro, una chamarra ligera y una gabardina.

Originalmente, en el plantón contó unas 200 personas pero pronto comenzó la desbandada. “Llegaron personas desconocidas a decir que iban a desalojarlos y que era mejor irnos, que cada quien se fuera por su parte”, recuerda.

“Muchos empezaron a irse, luego quedó un grupo como de 120 personas, poco menos y en algún momento, parecían más los activistas que maestros. Nos quedamos los que siempre hemos marchado y nos conocemos de vista, porque siempre estamos protestando y alzando la voz contra las injusticias”, señala.

Para Juan Alberto Arellano Mariano la primera señal de lo que vendría fue el arribo a la Plaza Lerdo por la madrugada de Julio César Cerecedo, director de Política Regional de la Subsecretaría de Gobierno para pedir a los manifestantes su retirada.

“Empecé a grabar con mi cámara. Lo grabé todo, desde que empezó con su cara amable hasta que salió con su cara de no me hago responsable y vi como uno de su séquito se salió y dio la orden”.

“A muchos maestros como que se les calentó la sangre y empezaron a decir que no se iban y que iban a llamar a todos. Después se hizo una pequeña asamblea. Vamos a retirarnos. Empezamos a preparar las cosas porque no queríamos que nos agarraran con los calzones abajo.

Pedimos a los profes que guardaran sus cosas y equipos. Había una camioneta ahí y empezamos a subirlas. Cuando estábamos desbaratando las carpas llamamos a conferencia de prensa a los pocos medios comprometidos.

Se hizo una valla de ‘espérense, ya nos vamos’, pero los tiras (policías) ya estaban gritando ‘pinches borrachos’, ‘váyanse a la verga’. Estábamos a diez metros de ellos e iban avanzando.

Como último intento por contener el avance, los manifestantes crearon una valla con los tubos de las carpas. Había chavitas en la valla. Les decíamos que esperaran. Nos vamos en cinco minutos, pero iban con todo. Decían muchas groserías. No nos bajaban de borrachos, drogadictos.

En total había como cien policías en la avanzada contra la manifestación, apoyados con escudos, pistolas de goma que iban apuntando. Llevaban también unas maquinitas que daban toques y lámparas.

Las “maquinitas” eran como de 40 centímetros de largo con una punta que chispeaba y pegaban con ellas además de dar toques.
Cuando llegamos a la Plaza esquina con Lucio, se armó todo, porque empezaron a agredir a los manifestantes que estaban atrincherados en Lucio esquina con Bancomer.

Se rompió la valla. Yo iba aguantando los madrazos de estos sujetos y se fueron contra los maestros, quienes pensaron que nunca los iban a tocar porque estaban pacíficos y no se necesitaba de la violencia. Hay protocolos de comandos de policía de que sólo se usa la fuerza en la medida de la resistencia que ponga la gente y nadie estaba poniendo resistencia ni tenía armas.

La manifestación entró en caos. La gente empezó a correr. Ahí nos dimos cuenta que su objetivo no era sacarnos sino joder al que estuviera enfrente, con macanazos, toques eléctricos, trancazos, y al que se caía, a patadas.

¡Tenían una saña! y hasta a las mismas maestras les decían que ‘por pinches revoltosas’. Fue lo poco que escuché porque me quedé ahí. Curiosamente le estaba diciendo a dos maestros que se fueran y cuando me di cuenta, me tenían agarrado del brazo. Eran policías vestidos de civil.

En el piso me metieron una patiza. Me levanté otra vez y me volvieron a tirar. Me agarraron entre varios, dos vestidos de civil y dos policías.

“TE VAS A MORIR HIJO DE LA CHINGADA”

Maglock aturdido fue subido violentamente a la batea de una patrulla y obligado a agachar la cabeza. A su lado, aparentemente detenidos, iban otros supuestos maestros a quienes los policías no tocaron. Posteriormente los liberaron. “Eran gente” de alguien de la misma policía.

Cuando estaba arriba me dijeron: ya te cargó tu madre, te vas a morir hijo de la chingada. Los policías cortaron cartucho. Pensé, ya valió. Me agaché.

La patrulla comenzó a circular por el centro de la ciudad y aún oía los gritos de terror de la gente en la plaza que era correteada y golpeada. Incluso, circulando por calles como la Revolución, ya lejos de la Plaza Lerdo, supo cómo seguía la persecución. “Allá va, no lo dejen ir”, decían los policías.

Maglock dio vueltas a bordo de la patrulla durante una hora, mientras recibía descargas eléctricas. Dos en la espalda que casi no sintió y una en la nuca que fue dolorosa. “Se sentían como punzadas de aguja”. Esa noche recibió cinco descargas.

En algún punto de “arriba” del centro, en una calle empedrada, fue bajado de la camioneta y presentado ante un policía al que le decían “el jefe”. Le propinó golpes en la cabeza. “Ah, estás de muy cabrón, pues ahorita te vamos a violar”.

Me hicieron bajarme los pantalones y me dijeron: ya te cargó tu madre, pendejo, y entonces me dieron una patada en el ano.
Las vejaciones continuaron, “El jefe” instruyó que no le pegaran en la cara y lo mandó al Cuartel San José.

La orden fue desobedecida. Tres lo patearon y le dieron puñetazos en la cara. Lo asfixiaron con la mano. Le metieron el dedo hasta la garganta. También trataron de aplastarle los ojos.

Me preguntaron quién era el que conducía la camioneta (de los estudiantes) y quien era un güerito de barba. Les dije que no los conocía”.

Antes de llegar al Cuartel y cuando los granaderos ya tenían colocada una valla en la Plaza Lerdo, la patrulla hizo nuevamente una parada en el lugar.

Maglock fue testigo de otra escena que emerge frecuentemente de sus recuerdos. “Una maestra iba caminando detenida. La llevaban entre dos policías. Le iban mentando la madre. Ella les gritaba que no tenían derecho, que eran unos hijos de la chingada mientras le daban cachetadas”.

Después de ver eso, el joven también fue golpeado y lo obligaron a agachar la cabeza para no ver nada”.

Poco después de las tres de la mañana del 15 de septiembre llegó al Cuartel de San José. Nuevamente fue golpeado. “El tipo que me bajó de la camioneta, me golpeó el estómago. Me sacó el aire y me pegó en las costillas”.

Ya en el sitio se percató de una camioneta blindada, tipo Cometra, estacionada en el corredor del edificio. En el interior se escuchaban gemidos de un hombre. Toques y madrazos.

No supo más del hombre pues fue introducido al área administrativa del Cuartel. Recuerda que le pidieron sus datos personales, fue fichado y alguien le dijo: “ah, son tuyas las bolsitas pendejo, a qué te dedicabas”. Le dije, qué bolsitas. No me mires, agacha la cabeza, no me mires, le gritaban.

Pronto supo la razón. “Cuando iba a poner mis huellas en un oficio largo, como un formulario, dije ‘ah, me detienen por narcóticos’. No hables, pendejo, fue lo único que alcancé a leer.

Una doctora certificó las contusiones, en ese momento entendió porque evitaban pegarle en la cara.

Intentó explicarle a la doctora los motivos de su detención y lesiones. Me dijo que todos los que estaban ahí eran unos drogos, marihuanos. Le dije que estaba equivocada. Que era una causa justa. Son puros revoltosos, fue su respuesta.

Al terminar la revisión, durante casi una hora fue remitido a los separos. Aunque esperaba ver a otros de sus compañeros en el lugar sólo identificó a quienes ubicó como trasnochados de bares. Estuvo hincado todo el tiempo, según la orden que se le dio.

Alrededor de las 6:30 de la mañana del 15 de septiembre, calcula, fue sacado del lugar y subido a una patrulla a la que inicialmente se le apagó el motor.

Varios minutos después comenzó a circular, mientras detrás de ésta una grúa arrastraba una camioneta –la misma que había estado en la Plaza, propiedad de los manifestantes- destrozada a toletazos.

Iba rodeado de tres elementos en la batea y dos más en la cabina. La unidad circuló por la avenida Xalapa, Ruiz Cortines y alrededor de las 7 de la mañana llegó a la sede de la agencia del Ministerio Público Federal donde esperó casi dos horas de pie. Con la cara a la pared y a veces con la camisa arriba.

Dos horas antes de que llegara el Ministerio Público llevaron las evidencias. Alcancé a ver una bolsa blanca y algo envuelto en trapos. Después me enteré que eran dos pistolas escuadra, varias dosis de cocaína y una cantidad indeterminada de marihuana.

La versión que crearon es que yo iba manejando la camioneta destrozada de los manifestantes, en las que supuestamente encontraron esas cosas.

Las manifestaciones de sus compañeros e integrantes de las organizaciones civiles en las afueras de la agencia del Ministerio Público Federal hicieron presión para el misterioso retiro de cargos. Tuvo que pagar 20 mil pesos para poder salir y al final su caso fue desechado.

A dos semanas de los hechos Maglock parece haber retornado a la cotidianidad, aunque sabe que el 15 de septiembre de cada año, más que una celebración del Grito de Independencia de México, será un recuerdo del retorno de la represión a Veracruz.

*Periodista egresado de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Veracruzana. Lleva más de 10 años ejerciendo el periodismo. Actualmente es integrante de la Comisión Estatal de Atención a Periodistas.

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